Los Modernos


Los modernos. “A medida”

 

Los Modernos “A medida”

Nuevas funciones: Miércoles 24 y jueves 25 de octubre de 2018.

Horario: 21 hs.

Entrada General: $350

Reservasreservas@mxm.com.ar o al teléfono (0351) 155 11 6087

“A medida”

un recorrido por el humor, la estética y el contenido más brillante, de todos los espectáculos anteriormente estrenados por la compañía “Los Modernos” desde el año 2002.

La compañía:

Los modernos son Pedro Paiva y Alejandro Orlando. Sólo dos actores. Un lenguaje teatral con código propio. Una escenografía mínima, pero sobre todo, un exceso de creatividad. Espectáculo de humor poco frecuente, de arrolladora elegancia y refinado buen gusto. Los Modernos, un misterio para ser develado, viéndolo…

Espectáculos estrenados:

Breve desconcierto breve.
Breve desconcierto nuevo.
Un antes y un después.
Fo el filoso.
Biografía.
Rómulo.
El musical.

Funciones:

Más de 1000 en Argentina.
Más de 1000 en España, Francia, Suecia, Uruguay, Chile y México.
Más de 1.000.000 espectadores, ya han develado el misterio.

Historia y premios:

2002. Los Modernos se forman en Córdoba. Estreno “Breve desconcierto breve”.

2003. Ganadores Premio “Carlos”, Mejor Espectáculo de Humor. Carlos Paz, Córdoba, Argentina. Los Modernos se instalan en Barcelona, España, desde agosto del año 2003 a julio del año 2006.

2004. Estreno “Breve desconcierto nuevo”. Ganadores Premio “Dies de Radio”, Mejor Espectáculo Teatral del Año, Barcelona, España. Ganadores Premio Revelación X Festival Internacional de Humor, Madrid, España.

2005. Estreno “Un antes y un después”. Nominados Premio “BCN”, Mejor Espectáculo Alternativo. Barcelona, España.

2006. Ganadores Premio “ACE”, Mejor Espectáculo de Humor. Buenos Aires, Argentina.

2007. Gira Española. Temporada en el Teatro Lorange. Calle Corrientes. Buenos Aires, Argentina.

2008. Estreno “Fo el filoso”. Ganadores Premio “Carlos” Mejor Espectáculo de Humor, Carlos Paz, Córdoba, Argentina.

2009. Ganadores Premio “Jerónimo Luis de Cabrera”, el Intendente de la Ciudad de Córdoba, Argentina, declara a Alejandro Orlando Ciudadano Ilustre y a Pedro Paiva Huésped de Honor.

2010. Temporada Teatro El Cubo, Buenos Aires, Argentina y nominados al Premios ACE, mejor espectáculo de humor.

2011. Temporada Teatro El Cubo, Buenos Aires. Gira por Argentina, México, Chile y Uruguay.

2012. Temporada de verano Teatro Holiday, Carlos Paz. Córdoba, Argentina. Estreno “Biografía”. Temporada, Teatro La Casona. Calle Corrientes, Buenos Aires, Argentina.

2013. Estreno “Rómulo”. Temporada en Quality Teatro, Córdoba, Argentina. Gira por Argentina. Gira por España.

2014. Estreno “El musical”. Temporada Quality Teatro, Córdoba, Argentina. Gira por México. Gira por Argentina.

2015. Gira por España.

2017. Los Modernos 15 años (Gira por Argentina y España)

Dijo la Crítica:

“Nadie hace lo que Paiva y Orlando consiguen sobre un escenario”. Gonzalo Pérez de Olaguer, El Periódico. Barcelona. España.

“Los Modernos: Tal vez los únicos teatreros modernos dignos de llevar ese nombre.” Sergi Doria, Diario ABC. Madrid. España.

“Una orgía oral, un tsunami verbal, nos faltan las palabras, nos sobran los vítores y aplausos.” Carlos Gil, El Portal de las Artes Escénicas. País Vasco. España.

“Dos actores con vista al mar.” Laia Roig, Culturalia. Paris. Francia.

“Los Modernos… casi un whisky.” Rudyard Viñoles, Liberación. Estocolmo. Suecia.

“Virtuosismo a dos voces.” Edgardo Reséndiz. El Norte. Monterrey. México.

“Con Los Modernos no todo está perdido en el humor.” Roció Valdés. La Tercera. Santiago. Chile.

“La dupla Under más explosiva del humor en nuestro idioma.” Gabriel Peveroni. Caras y Caretas. Montevideo. Uruguay.

“Finos, cultos y graciosísimos.” Pablo Gorlero, La Nación. Buenos Aires. Argentina.

“Una filosa filosofía que divierte y crea fanáticos”. Orlando Verna, La Capital. Rosario. Argentina.

“Un milagro en sí mismos.” Carlos Schilling, La Voz del interior. Córdoba. Argentina.

“Una autentica resistencia.” Norma Morandini, Revista Rumbos. Córdoba. Argentina.

 


Críticas Argentina.

“Fo”, una muestra de que a Los Modernos no se les acaba el ingenio. 20/08/08  La Mañana de Córdoba” Fernanda Pérez.

 

Los modernos

Los Modernos regresaron, pese a no haberse ido nunca. Es que en medio de giras, otros proyectos individuales de los actores y algún descanso de por medio, la propuesta de Alejandro Orlando y Pedro Paiva siguió latiendo en la ciudad con algunas presentaciones esporádicas, shows dedicados a rescatar “lo mejor del dúo”, pero sobre todo a través de los comentarios y recuerdos de los tantos espectadores que fueron aglutinando con esta apuesta artística que ha llegado a ser un verdadero fenómeno. Ahora, con “Fo”, la idea era retornar al café concert, pero quienes los hemos visto en sus comienzos, sabemos que más allá de esos deseos, la popularidad ha hecho que el pequeño e intimista clima de un café concert, se vuelva algo más masivo y festivo para Paiva, Orlando y su público (de hecho las instalaciones del Studio Theatre se vuelven muy amplias para ese formato). Tal es el ‘feeling’ que estos actores tienen con la gente, que en las psicodélicas instalaciones del flamante espacio ubicado en Rosario de Santa Fe aparecen vestidos de novia para saludar, no en el atrio pero sí en cada una de las mesas donde reparten besos y una dosis de agradecimiento, todo esto sin perder la esencia y la mística de “Los Modernos”. Después, llega “Fo”, una propuesta que respeta el esquema de sus anteriores trabajos, y que vuelve a sonar armónicamente, como el contrapunto musical de palabras, canciones y gestos en un guión que una vez más demuestra que a ellos no se les acaba el ingenio. Es que después de tanto camino recorrido, es increíble pensar que todavía tengan más para decir. Y qué bueno que Los Modernos sigan teniendo razones para pensar, reírse y sobre todo para “filosofar”, sin caer en ese humor “inteligente” hecho sólo para algunos sino más bien en un humor cargado de contenido, realismo y significado que está hecho para todos. Pero qué sentido tiene incorporar tantos adjetivos, cuando ellos mismos -al iniciar la obra- se definen y redefinen con todo lo que se ha dicho sobre sus espectáculos, llegando incluso a afirmar que más de un espectador los ha visto hasta seis veces (y seguramente no exageran). Hasta se atreven a ingresar en el juego de la utilización de las “malas palabras”, que en ellos no suena a grosería sino a una afectada sutileza que estalla en carcajadas. El pretexto de todo es Fo, una especie de filósofo primero cuyas máximas van llevando a que el dúo aborde temas banales, existenciales y trascendentales con naturalidad, gracia y creatividad, todo esto condimentado con sus clásicas canciones (algunas para destornillarse de risas). Incluso hasta Darío Fo parece convivir en esta creación, ya que como él supo declarar tras recibir el Nobel: “El fin es que la gente se ría”. Y eso se cumple con creces. “Fo” es otra muy buena apuesta de Los Modernos, un trabajo que vuelve a sorprender y a encantar y que al igual que sus otras producciones no se puede definir fácilmente. Lo que vale la pena, es verlos.

Una ceremonia moderna y exquisita. 08/08/08 La Voz del Interior.  Beatriz Molinari. “Fo”. Calificación: Excelente.

 

Como dice el tango, “primero hay que saber sufrir”. Vale al pensar en la historia de Los Modernos, desde su aparición en el circuito alternativo de los pubs en Córdoba. El dúo que integran Alejandro Orlando y Pedro Paiva logró instalar un estilo, una forma de humor y una estética, después de pelear cuerpo a cuerpo con las reglas de juego de la escena independiente. El estreno de Fo los pone en un escenario ganador, glamoroso, donde vuelven a cumplir los pasos de una ceremonia teatral exquisita. En el ex Cine Novedades, donde cantó Gardel, allá por 1914. Los actores, en trajes de novias, quiebran, de entrada, cualquier esquema en la disco de Rosario de Santa Fe al 200. El espectador que se sienta a la mesa, ya está entregado al humor de Los Modernos. Ahí comienza el acuerdo que exige atención extrema y velocidad para decodificar el extraordinario guión de Paiva. “Acabamos de llegar”, dicen y suenan como siempre, al unísono, muy potentes en sus chaquetas, con medias negras, faldas y zuecos. En el escenario comienza la noche de Fo. Durante una hora y media, el dúo tiene en vilo al idioma castellano y le pone vértigo al arte de hablar, de pie, acompañando la gran conferencia sobre temas diversos –traídos de los pelos, con tonos de voz, ritmos y canciones. Las malas palabras, un diccionario apócrifo (el templo del absurdo culto), instrucciones para el lavado de cerebro y hasta un evangelio recién inventado pasan por el escenario en la primera parte. Alejandro Orlando es un comediante completo, entregado al texto de Paiva. Por contrapunto, con diástole y sístole, así funcionan Los Modernos que inventaron un filósofo, Fo, para coquetear con la pura filosofía del humor. El espectáculo ofrece el rap del hospital, el bolero para Desdémona, a lo Manzanero; otra entrega en ‘Esperant’ (idioma Moderno) pero esta vez, una recreación para el delirio de Blancanieves y los siete enanitos. La segunda parte es un canto a la lengua de Cervantes y a los filósofos, en formato de bolsillo. Con el público en un puño, bien agarrado con esos dedos llenos de anillos brillantes, Los Modernos se largan al campo traviesa del absurdo. Versiones sobre Rómulo y Remo; la “ñ”, de España; el Arca de Noé con unos habitantes re sacados; un cuento sufí, un combo de canzoneta artesanal (no se puede revelar el secreto) y bonus track de leitmotiv, a viva voz, ponen al dúo en la cima de su arte. ¡Qué diría Gardel! No lo podría creer y aplaudiría de pie. Para reencontrarse con el estilo de Los Modernos. Una virtud: el guión, las actuaciones. Un pecado: no verlos.

Jinetes Modernos. 16/08/04 Revista Rumbos. Norma Morandini.

La “palabra amenazada” de la que nos habla en un pequeño gran libro Ivonne Bordelois. Una lingüista argentina discípula de Noam Chomsky, doctorada en el prestigioso MIT, quien nos advierte que el lenguaje es “un fermento indestructible”, el único que nos queda como comunidad y nos exhorta a cuidarlo para evitar que quede a merced de los “mercaderes de excrementos”. A la par, su lectura nos restituye el placer de la palabra escrita. En la misma semana que conocí a Ivonne Bordelois,asistí en Córdoba a dos actores geniales que, sin saberlo, hacen lo que propone la lingüista, el rescate de la “palabra amenazada”.

Los modernos

Un cordobés y un uruguayo, provistos del misterioso instrumento de la palabra, sin artilugios ni una gran producción, celebran en el escenario la inteligencia, la poesía y por eso la filosofía. Los Modernos, que de ellos se trata, nos obligan, durante dos horas, a mantener la mente alerta y por eso despierta. Y con el éxito de público de aquí y de allá, contrarían lo que se instituye falsamente como exitoso: sin palabras soeces, sin apelar al doble sentido, sin bromas adolescentes o efectistas ni chistes machistas, ellos desvisten las palabras para investirlas de la verdad primera. Y caminan en el sentido que propone la lingüista de invertir el mito de la Torre de Babel que castigó  la soberbia humana con la pérdida del lenguaje único para construir el “aljibe etimológico” en cuyo fondo se “espeja nuestro lenguaje en un solo linaje”. La creatividad que exhiben y generosamente nos entregan Los Modernos nos ayudan a redescubrir la energía y la vitalidad del lenguaje como forma de expresión, conocimiento y comunicación.

Una auténtica resistencia.

Un dúo con tres claves. 08/08/04 La Voz del Interior. Carlos Schilling.

 

Tienen nombres de zares rusos, pero uno es argentino y el otro, uruguayo. Alejandro Orlando y Pedro Paiva son dos tipos audaces que conocieron el éxito cuando tal vez no lo esperaban. Antes de formar Los Modernos cada uno tenía una carrera propia. Alejandro, como actor y dramaturgo y Pedro como guionista y actor callejero. Pertenecían al mundo de la escena independiente de Córdoba que se rige con sus propias leyes y fomenta sus propios prestigios, pero estaban lejos de llenar, tres meses seguidos, una sala del Teatro Real o mantenerse durante un año en la exigente cartelera teatral de Barcelona. ¿Cuál es el secreto de esa transformación? ¿Cómo en más de un año pasaron de los bares, donde actuaban a la gorra, a firmar un contrato por una temporada en Madrid? Siempre hay un componente de imprevisibilidad en el éxito de un espectáculo, un elemento que pertenece más al orden el milagro que al de las explicaciones racionales. En el caso de Los Modernos, ese ingrediente sobrenatural está potenciado en tres claves.
Primera clave: la simbiosis entre los actores. Alejandro Orlando tiene 35 años, es padre de una nena e integró el grupo teatral Iscariote. También es dramaturgo. Escribió la Trilogía del fin del mundo. La fama de seductor lo precede y sube con él al escenario en forma de guiños y sonrisas colmadas de dobles sentidos a la platea femenina. Pedro Paiva llegó a Córdoba en 1998 por casualidad, en bicicleta y con lo puesto. Tenía previsto hacer un viaje en dos ruedas por Latinoamérica, pero la gente que conoció en la ciudad le tentó a quedarse. Con el tiempo se convirtió en el co- guionista de Doña Jovita en “Jovita Todoterreno” y “Jovita Quitapenas”. Pelado y con bigotes prusianos, Paiva ya cumplidos los 45 es el autor de los textos que el dúo recita en escena.

Los modernos


Cuando se conocieron, Pedro actuaba solo en los bares, a veces por un plato de comida. Se juntaron, ensayaron, le modificaron la letra y le encontraron un nuevo espíritu. Sin querer, produjeron una revolución en el concepto de café- concert y en el proceso se hicieron tan amigos que ahora resulta imposible imaginarlos por separado. Segunda clave: el profesionalismo. Una anécdota revela la capacidad de trabajo y la voluntad de estar cerca del público de Los Modernos. Corría junio de 2003, ya más de 30.000 personas habían visto “Breve desconcierto breve” en la Sala Azucena Carmona del Teatro Real. Ofrecían entre 5 y 6 funciones semanales. Sin embargo un día, su productor Mario Luna llamó a este diario con una propuesta: “Los Modernos quieren actuar en Los lunes de La Voz, a beneficio de los inundados en Santa Fé”.
Sin abandonar cierto espíritu de bohemia y reconociéndose como noctámbulos incurables, Alejandro y Pedro apostaron con sus vidas al éxito de su espectáculo. Diseñaron los vestuarios, golpearon puertas, se ocuparon personalmente de la difusión y nunca dieron nada por sentado. No dejaron pasar ninguna de las oportunidades que se les presentaron, por más que significara sacrificar el descanso o el tiempo libre. En un terreno donde reina la improvisación y la impuntualidad, eligieron ser rigurosos en bien del público y de sí mismos. Tercera clave: el texto a dos voces. La sensación más fuerte que experimenta un espectador con Los Modernos es encontrarse riéndose de cosas que nunca pensó que podrían provocarle más que tedio. Dios, el tiempo, los números, el lenguaje, la filosofía aparecen en las voces paralelas de Alejandro Orlando y Pedro Paiva como piezas de un juego manipulado por un niño travieso y genial. Las palabras se dividen, se dan vueltas, chocan entre sí y revelan un sentido inesperado. De pronto es lógico que una pared esté cansada de ser pared y tenga los ladrillos a la miseria y se queje por no poder sujetar su techo. Sin embargo, el texto de Paiva vive en los cuerpos de estos actores que sobre el escenario visten zuecos, sacos y polleras. Es en ellos donde revela todo su potencialidad. Son dos y son únicos: Pedro y Alejandro.

La receta mejor pensada para la risa. 07/08/04 La Voz del Interior. Carlos Schilling.

 

“Palabras, palabras y más palabras”. La consigna se repite en la voz de Los Modernos varias veces durante el espectáculo y es difícil encontrar otra mejor para definir lo que el dúo de Alejandro Orlando y Pedro Paiva propone sobre el escenario.
En la primera función del jueves, tras un año en España, los recibió un Teatro Real colmado y expectante. Las entradas estaban agotadas desde el martes. Cuando ingresaron al escenario los enmudeció un largo aplauso de bienvenida y poco menos de dos horas después otro aplauso más largo para el final. La gente estaba de pie y los ovacionaba. Las sensaciones dominantes: agradecimiento, complicidad y admiración. Es que hay algo único en lo que hacen Los Modernos, un extraño cruce entre humor y metafísica, entre juego de lenguajes y observaciones cotidianas. De allí surgen comentarios desopilantes pero también inquietudes sobre todos los temas imaginables: Dios, las religiones, las mujeres, los hombres, el sexo, los teléfonos, las toallas, los números, la astronomía, los sueños, el psicoanálisis, el tiempo y muchísimos temas más. El show actual tiene numerosas variaciones en relación al que ofrecieron el año pasado y que los catapultó al éxito. Incluso una pequeña modificación en el nombre. Ahora se llama Breve desconcierto nuevo. Está dividido en dos actos con un corto intervalo en el medio. Pero la esencia es la misma: dos tipos vestidos con saco, polleras y zuecos que hablan como quien hace música. Dialogan, se repiten, cantan , suben las voces, las bajan, elaboran un contrapunto o una fuga y esa especie de rapsodia perpetua,  siempre vuelve a desembocar en un chiste sutil, una reflexión poética o en un nuevo tema. Entre los temas nuevos se destacan la versión en “Esperant” de los cuentos “Caperucita Roja” y “Blancanieves”. Con el simple recurso de eliminar la letra o la sílaba final de las palabras, Orlando y Paiva transforman a esos clásicos infantiles en historias de una contenida perversidad. También es maravilloso el texto sobre el gemelo del personaje de Borges, Funes, el memorioso, que se llama Funesto y que, en oposición a su hermano, se olvida de las convenciones, las funciones y las relaciones y nace de nuevo cada día. Lejos de cualquier forma convencional de hacer humor, Los Modernos hacen reír apelando a la complicidad de las palabras, a las rimas, los anagramas y los significados ocultos. Son un pequeño milagro en sí mismos. Han conseguido una simbiosis tan completa en el escenario que todo lo que sale de sus voces y de sus gestos, parece fluir y tener sentido. No buscan la carcajada inmediata. Buscan la sonrisa inteligente y la encuentran.

El humor oculto en las palabras. 04/02/04 La Voz del Interior.

Celina Alberto.

 

Mientras el espacio todavía está a oscuras y cargado de murmullo, ellos, Los Modernos, detrás de dos pares de anteojos negros y enfundados en sacos y faldas de paño antiguo, abordan la sala para poner a prueba el primer desconcierto. Un par de reflectores se transforman, instantes después, en el único apoyo técnico que los ayudará a construir la magia de una de las propuestas humorísticas más interesantes y originales del circuito teatral de las sierras cordobesas, el Breve desconcierto breve, que a lo largo del año pasado se fogueó sin pausa en algunas salas de esta capital.
Alejandro Orlando y el uruguayo Pedro Paiva parecen entonces sincronizar sus cerebros y anatomías para poner en marcha un complicado equilibrio histriónico, lógico y estético que sostienen con la actitud de lo que ellos mismos dicen ser: “dos atorrantes finos” que juegan a ser un par de excelentes comediantes. El lenguaje, las palabras cotidianas que de tanto uso ya han perdido la forma y el color, se transforman en la materia prima de un nuevo ejercicio de inteligencia, donde el humor articula todas las asociaciones.
¿Qué es la miseria? Pregunta Paiva y enseguida se responde a sí mismo con “la que no llega a Miss Simpatía”. De la superficie más impalpable, Los Modernos pasan sin intermedios a la acidez que critica aquello que llega impuesto, ciertas injusticias indiscutidas y la lógica de lo irreversible. El filo que queda expuesto estimula la reflexión, y la forma- siempre seductora y divertida- se mantiene en el eje de todas las digresiones.  La existencia de Dios, el amor, el tiempo, los mitos, las creencias, los conflictivos verbos, relaciones de conventillos entre números naturales y algunos episodios de la historia universal, se destejen entre pausas sugestivas, que de vez en cuando, prometen bucear también el la infidelidad, tema, este último que no llegará sino hasta el final del recorrido. En menos de dos horas, la palabra y los sentidos inducidos por su forma, quedan atrapados en juegos y asociaciones ilícitas de ideas que desembocan en una verborragia de imágenes desopilantes. Y en el fondo, todo el tiempo, el sentido atento de la musicalidad y el ritmo que subraya con elegancia las rimas del texto inventado por Paiva. Los Modernos se anotan el mérito de no decir nada nuevo para permitirse innovar en el modo y recargar significantes con la impunidad y frescura del humor. La sensación que asalta a quien los mira se parece por momentos a la libertad de los niños que juegan con tapas de ollas viejas y construyen naves espaciales sentados en una silla. Esa mezcla familiar de asombro, realidad y fantasía que solo puede activar la inteligencia, y que no necesita de nada más que un auditorio sensible para conseguir el resto.

Dos de riguroso Pret a porter. 29/05/02 La Voz del Interior.

Beatriz Molinari.

Cuando el sonido de las voces comienza a mezclarse con el humo, dos comediantes quiebran el anonimato de las caras. Se acercan, saludan a los comensales, agradecen, etc. Un atril y atuendos poco ortodoxos introducen a Alejandro Orlando y Pedro Paiva al concierto que anuncia un cartel en la vereda del bar ubicado en Independencia 1162. Noche de miércoles. El libreto Breve desconcierto breve da en el clavo con una manera de hacer humor poco frecuente. Hasta sonaba imposible que con la palabra, el tono y la sola apelación a la inteligencia del espectador, la concurrencia concentrada en la gradación alcohólica de sus respectivas copas, pudiera levantar la cabeza pasado el primer impacto, es decir, el del atuendo. DOS VECES BUENO. Con la ventaja de lo breve, lo concentrado y lo rápido, Paiva y Orlando arman verdaderos trabalenguas, piruetas sobre el sentido de los números, de las vocales; la evocación en el significado de cada palabra (lagrimear, barbitúrico, putativo, condominio) y la tremenda dificultad de conjugar los verbos de una vida sobre la base del amar, del temer y del partir. ¿Por qué no del amar, del querer y del vivir? Pregunta Paiva con su voz salmodiada. El espectáculo tiene un ritmo parejo y constante sobre la base noble de la rima, del ejercicio de la tautología (repetición de un mismo pensamiento, definido por una palabra que tiene el mismo significado). También la lógica del absurdo y la confusión deliberada de sonidos y sentidos ofrece un panorama interesante del homo sapiens. UNIDAD FRACCIONADA.
Como al descuido van cayendo los números, francamente complicados cuando la unidad se convierte en fracción, en número quebrado, en complejo o negativo. No se salva ni el horóscopo chino, ni las flores (de Bach o de Vang Gogh). El apartado sobre Sigmund Freud en forma de canción, la revisión del tema de los reyes magos y el paseo por el cuerpo, siempre en rima, hacen del espectáculo el encuentro de dos atorrantes finos. En el capitulo Breve Bucal breve se preguntan sobre el pesimismo y el optimismo, también hay piropos y definiciones. Lo que a uno puede sonarle similar al formato de los Limerick ingleses, para Pedro Paiva es un ejercicio que trae el aliento de Francisco de Quevedo a un espacio que, a medida que el concierto impone su cadencia, suma bienestar a la luz de las velas.

 


Críticas España.

Una gozada. 03/09/03 La Vanguardia. (Barcelona.) Santiago Fondevila.

 

Los modernos

Nos hace tanta falta reír que hoy por hoy, en cualquier pantalla –en la de televisión, pero también en las de los ordenadores vía e-mail- no paran de contarnos cosas “graciosas”. Otro tanto ocurre en las salas de teatro con vaginas dicharacheras, penes contorsionistas o mujeres alineadas en el punto com. De hecho, en el mundo funcional impera la gracieta por encima de cualquier otro argumento y el monologuismo rampante de la banalidad hecha mueca, del chiste estirado como un chicle o la labia prosaica de la burla desenfrenada. De ahí la sorpresa, la admiración y el profundo goce que impone el espectáculo que el dúo argentino que se hace llamar Los Modernos presenta en el café teatro de Teatreneu, dónde aterrizó por sorpresa durante la fuerte canícula de este verano. En un mundo de calificativos y definiciones encasilladoras, muchos hablan de humor inteligente como un latiguillo que lo distingue del otro, del vulgar, o sea, el común. Alguien debió de decir que el humor es cosa seria y el de Los Modernos lo es en la medida que su espectáculo se aleja de los lugares y fórmulas convencionales, no tanto en los temas (Dios, las mujeres, los hombres, la oración gramatical) como en la forma de desarrollarlos. Un hallazgo. Breve desconcierto breve es al fin, una partitura vocal a dos voces que inventa una nueva sintaxis. La palabra (“la pala que labra”, dicen) es el material que se transforma constantemente en boca de dos soberbios actores. Pedro Paiva y Alejandro Orlando urden una telaraña sintáctica de retruécanos, de sentidos y contrasentidos. Desconstruyen las palabras para descubrir los misterios de los sintagmas. La esencia musical del espectáculo impone una férrea disciplina, una enorme precisión en la forma de complementarse de los dos intérpretes. Claro está que llegaron de Argentina, de Córdoba  para ser más exactos, con casi 250 funciones. Entre el absurdo, juegos silogistas, trabalenguas, piruetas y algunas canciones, la palabra exprime un poder de cambio de una eficacia cómica rotunda y en plena complicidad con el público. Una gozada.

 

Deslumbrante concierto a dos. 07/04/06 La Vanguardia. (Barcelona.) Joan-Anton Benach.

Amable lector: si nota usted que el gen bajón, que es el gen que gobierna los estados depresivos, anda por ahí pidiendo guerra, no se preocupe. Acuda lo antes posible a una sesión de Los Modernos (Guasch Teatre) y saldrá como nuevo, rebosante de alegría. Aunque uruguayo-argentina, se trata de una terapia baratísima y necesariamente breve: no más de una hora y cuarto. Y es que, de prolongarse diez o quince minutos más, usted no, pero los terapeutas Pedro Paiva y Alejandro Orlando, morirían en escena irremediablemente. A quienes no vieron los dos Desconciertos- el breve y el nuevo- que Los Modernos ofrecieron con anterioridad en Barcelona primero en el Capitol y luego en la Sala Muntaner, Un antes y un después, su tercer espectáculo, les garantiza una diversión brillante y original, con abundantes pasajes irresistibles y todos, absolutamente todos, sorprendentes. Quienes en cambio sí conocieron aquellas propuestas precedentes, tal vez noten que el magnético dúo les birla en algún momento el beneficio de la sorpresa, dado que hay algunos elementos que no son rigurosamente inéditos en este último ejercicio. Lo matices que al final de la función se levantaban en el respetable por tal circunstancia eran muy claros. Tan claros, como aquellos comentarios entusiastas que coincidían en el propósito de repetir la saludable experiencia de dejarse llevar por el traqueteante y torrencial galope de un humor inclasificable. A diferencia de las parejas cómicas que en este mundo han sido y son, y que parten de un reparto de funciones más o menos explícito- el tonto y el listo, el risueño y el severo, el guapo y el feo, el torpe y el hábil, el gordo y el flaco…-los dos Modernos se sitúan en un plano de rigurosa igualdad. Lo suyo es el unísono y la simultaneidad. Lo suyo es un concierto a dos -de hecho, no pocos fragmentos verborreicos son como números cantados- donde cada compás incluye un dato para el descoloque del público. Al poco de iniciar la gresca, ambos actores proponen un minuto de silencio por “la paz mundial”. Minuto de silencio por la paz, en tantos lugares asesinada. Aquí no hay broma que valga. Pero… ¿de qué van estos tipos? Concluye el minuto y Los Modernos de interesan por… Dios. ¡Vaya por Dios! Hay en el espectáculo una recurrente alusión a la trascendencia que, en todos los casos, se desvanece en la pira de las palabras confusas y de los dobles sentidos. Y, una y otra vez, éstos y aquéllas dejan al hombre en su permanente extravío terrenal. No deja de ser curiosa esa deriva, que se produce en medio de un juego voraginoso de palabras ambivalentes, de resplandecientes homofonías, de equívocos percutantes. Hay como una oscura fascinación por el misterio de la palabra. En el principio era el verbo… Y un dato de encomiable honradez. Lo bueno de Los Modernos es la organización de una soberbia pirotecnia verbal, en aras, al fin y al cabo, de un disparate inteligente, de un absurdo razonable, si es posible tal paradoja.  Pero con sus malabarismos morfológicos, con sus pleonasmos, con sus sintagmas nominales, adjetivados o verbales… Paiva y Orlando no piensan estar descubriendo el Mediterráneo. Hay mucho cacumen en la charlatanería de esos grandes cómicos y una sincronía virtuosista entre ambos, tanto en la palabra como en el gesto. Del mucho material que manejan, me quedo con tres genialidades: la canción dedicada a Jacqueline, la parodia del flamenco y, sobre todo, el cuento de la Caperucita y el lobo, narrado en un estrafalario esperanto, desternillante.

 

Humor original y eficaz. 07/05/03 Guía del Ocio. (Barcelona.)

Gonzalo Pérez de Olaguer.

 

Los modernos se alejan totalmente de los lugares comunes y se instalan en una partitura a dos voces sin precedentes. Pedro Paiva (Uruguay) y Alejandro Orlando (Argentina) forman Los Modernos, un dúo que tras haberse apuntado al éxito en Teatreneu en su primera aparición en público en Barcelona, lo hacen ahora en el Club Capitol (y los fines de semana, también en el Casino de Barcelona). Llenan casi todos los días una sala generosa de espectadores; el boca-oreja les funciona de maravilla. Su Breve desconcierto breve es un show de humor tan original como eficaz, difícil de clasificar: liantes de la palabra me parece una buena manera de definir su espléndido trabajo. Estos dos señores no proponen un espectáculo basado en chistes y gracias encadenados durante una hora larga, tampoco hacen un monólogo o un diálogo al uso. Ellos abordan, en un escenario desnudo y prácticamente sin moverse del centro, una serie de textos que hablan de temas tan distintos y manidos como la infidelidad, los Reyes Magos, Dios, las relaciones y la amistad; se alejan totalmente de los lugares comunes y se instalan en una partitura a dos voces sin precedentes. Este Breve desconcierto breve es un huracán de aire fresco, diversión e, insisto, originalidad. Se adentran abiertamente en el juego de palabras, destrozan cualquier sintaxis, buscan el absurdo y los pareados y las rimas más insospechadas. Y el personal ríe a carcajadas. Paiva y Orlando no dan tiempo a los espectadores a ordenarse frente a este espectáculo y mantienen sobre ellos el elemento sorpresa con que se instalan inicialmente. Vi una de sus representaciones, que no era la del estreno, una noche entre semana, con un tiempo en la calle inhóspito y el teatro lleno: el jolgorio fue notable. Lían la palabra una y otra vez, montan diálogos en forma de maraña lingüística y aún se atreven a cantar a capella dos o tres temas. Su capacidad de desentrañar las posibilidades de cualquier frase puede con todo. Y el público lo agradece. El humor siempre es necesario y más en estos tiempos; y el humor inteligente y original aún lo es más. Los Modernos son un hallazgo y responden a un teatro de entretenimiento, de diversión pura y dura, hecho con rigor interpretativo, frescura y una entrega total. Desde los primeros momentos se establece una corriente de fácil comunicación entre escenario y platea, y ahí se instala la obra. Espectáculo, créanme, aconsejable, sin otra pretensión que la de hacer reír. En el Capitol descubrirán un dúo cómico relevante y original. Y que además deja caer algunas gotas poéticas.

 

¡Qué bueno que los viste! 20/06/04 ABC (Barcelona.) Sergi Dòria.

 

Escribo esta crónica diez meses después del desembarco de Los Modernos en Barcelona. Lo que hacen Pedro Paiva y Alejandro Orlando, “dos atorrantes finos: un uruguayo y un argentino” es orfebrería verbal, genealogías del ingenio, silogismos de la ironía, prestidigitación de los significantes, sofismas de la vida. En estos tiempos de anorexia televisada; de tertulianos en las oquedades del taco puro y duro; de juventudes ágrafas de media tarde en diarios de Patricia, la verborrea con acento porteño de dos hombres con faldas y a lo loco es un bálsamo para la inteligencia. En el código genético de Los Modernos anida la greguería ramoniana, el caligrama, los cronopios, los epigramas decimonónicos, el mejor conceptismo quedevesco y el diccionario Coll. Reímos y tomamos nota entre sus diálogos de celeridad grouchiana. Nos invitan a ser optimistas porque el pesimismo es pesado: “un peso en sí mismo”; el novio es aquel que “no vio” lo que se le venía encima: el casamiento que le llevará en volandas a la infidelidad; “lagrimear” es llorar a escondidas en el baño y si en lugar de ser de madera fuera de harina, Pinocho sería un bizcocho… Los juegos de palabras de estos dos atorrantes finos conectan con los mejores momentos de Cabrera Infante, cuando columbra el amanecer en el Trópico y ejerce el oficio del siglo XX para contar tres tristes tigres. Las tres conjugaciones verbales: amar-temer-partir conforman el trípode de la existencia y sus miserias; en el destino de los hispanoamericanos resuena Machado: “Laburante no hay laburo se hace laburo al emigrar…”Los Modernos trapichean con los significados; se mezan los cabellos y amasan las palabras. Glosan al Freud que inspiró tanto psicoanalista de Buenos Aires: el que nos hizo columbrar un falo en un lápiz Faber; festejan el esperanto como idioma universal y narran el cuento de Caperucita Roja quitando a cada palabra la última vocal.

Los modernos

El desconcierto mantiene una cadencia sostenida por voces y sus ecos. Rastrean la historia y evocan lo que debió pensar Graham Bell al inventar el teléfono: ¿A quién llamo ahora? Filosofan: “El tiempo pasa… ¿pero por dónde? Tic- tac, tic- tac, ¿No sabe decir otra cosa?”. Nos dicen que los caballeros van a caballo de Eros. Cavilan “¿Si patrimonio es la suma de todos los bienes, matrimonio será la suma de todos los males?”. Este Breve desconcierto breve de Los Modernos es un jugoso y nutritivo festín de la palabra como el festín de Babette: “El verbo se hizo carne y lo comimos asado” es el veredicto del uruguayo y el argentino. Proteínas para la mente: “La palabra es una pala que labra”. ¡Qué bueno que vinisteis! ¡Qué bueno que los viste!

 

El éxito apoyado en el boca a boca. 07/05/04 El Periódico. (Barcelona.) Gonzalo Pérez de Olaguer.

 

Llegaron de puntillas, hicieron una temporada en el Teatreneu y hoy, instalados el Club Capitol, llenan prácticamente cada noche; el boca-oreja les funciona muy bien. Pedro Paiva (Uruguay) y Alejandro Orlando (Argentina) forman Los Modernos, un dúo que hace un humor tan original como eficaz. Su nuevo Breve desconcierto breve es una invitación a la risa inteligente. El show de Los Modernos se aleja de los lugares comunes y se asienta en un claro objetivo: liar la palabra. Su acierto está fundamentalmente en la forma de desarrollar los diversos temas que afrontan, en conseguir inventarse una nueva sintaxis y en hacer los pareados y rimas más insospechados. Impulsan desde el centro de un escenario desnudo un aire fresco hecho de diversión y buen gusto y desde el primer momento consiguen y mantienen la atención del público. Breve desconcierto breve es una partitura vocal a dos voces en la que aparecen temas como los Reyes Magos, Dios, la amistad, las relaciones y la infidelidad, por ejemplo. Y estos dos actores imprimen a sus diálogos un ritmo trepidante, sin pausas y con efectos de percusión que provocan una carcajada continua. Y aún se atreven a cantar dos o tres temas a capella y poner unas gotas de poesía. Su trabajo es de una eficacia cómica imponente y los espectadores lo agradecen. Muchos descubrirán en Los Modernos una nueva manera de comicidad a dúo, que nada tiene que ver con los monólogos ni con los show al uso. Es un trabajo original, refrescante y muy recomendable. El humor del dúo es una mezcla de originalidad y eficacia.

 

23/11/03 El País. (Barcelona.) Begoña Barrena.

 

Está claro que cuando el boca-oreja funciona, los comentarios críticos que puedan hacerse desde los medios de comunicación están de más. El uruguayo Pedro Paiva y el cordobés (de Argentina) Alejandro Orlando llevan desde el mes de agosto en la sala del Teatreneu ofreciendo un espectáculo de pequeño formato para el que un lluvioso domingo por la tarde, por ejemplo, se arma una cola que atraviesa el bar y llega a la calle. Breve desconcierto breve es un recital a dos voces que se aleja de las fórmulas habituales de humor fácil a base de chistes y chascarrillos. Si hablamos de monólogos, nos quedamos cortos. Tampoco podemos hablar de espectáculo que siga un hilo argumental específico. Más bien estamos ante unos textos cuyas palabras se siguen unas a otras perfectamente intrincadas en una maraña más cercana al circo, por los malabarismos y la piruetas lingüísticas, que a la sintaxis formal. Ataviados con medias, faldas, gafas de sol y enormes pedruscos por anillos, Los Modernos componen un show que se sustenta en juegos de palabras y de rimas, paradojas y pleonasmos deliberados, acrónimos de nueva cuña, fusiones inesperadas y combinaciones sorprendentes que desafían el entendimiento a la vez que exploran nuevos territorios semánticos que acaban irremisiblemente en la carcajada. Todo ello aderezado con alguna que otra canción a capella. Y si los temas parecen convencionales (los Reyes Magos, Dios, la infidelidad, los grandes mitos de la cultura), la manera en que los presentan es francamente original: por la capacidad que tienen para desmenuzar unas frases a las que les dan la vuelta y arman de nuevo; por la lógica absurda de una curiosa morfología derivativa con la que consiguen resultados menos absurdos y más lógicos de lo que pueda parecer; por la dicción sincopada con la que dotan de ritmo su composición; por la compenetración entre ambos.

 

La Guía del Ocio. 04/09/03 La Guía del Ocio. (Barcelona.) Xavier Muniesa.

 

Se instalaron en la pequeña Sala Café-Teatre del Teatreneu en pleno mes de agosto  con todo en contra: eran un dúo por aquí desconocido formado por un argentino y un uruguayo; y, además, su público potencial o estaba en la playa o ya soñaba con tumbarse sobre la arena. Hablamos de Los Modernos o, lo que es lo mismo, Alejandro Orlando y Pedro Paiva, un par de personajes que, desde luego, tienen mucho de lo que hay que tener para subirse a un escenario. Sólo así se explica que llenen la sala (aunque sea la pequeña) del Teatreneu un miércoles de finales de agosto. ¿Y qué será ese algo? Uno lo averigua al poco de salir a escena estos dos personajes: al empezar el espectáculo, ellos cogen al público en volandas, lo desconciertan,  lo pasean por un bosque de palabras y lo conducen por laberínticos caminos llenos de letras, sonidos y significados engañosos. Y el espectador, ante la rapidez mental que exige seguir los diálogos palabra a palabra, acaba por dejarse llevar hasta alguna conclusión absurda (o no) y se olvida de cuestionar la veracidad de una afirmación que acaba de concluir que ese desconocido que está sentado en la silla vecina es, por ejemplo, su hermano. El de Los Modernos es un humor inteligente y, encima, poético. Y es que sí, sus réplicas y ocurrencias son divertidas, pero además, están dichas a dúo, con precisa sincronización, estudiando el efecto que causa cada palabra cuando se la coloca justo antes de la siguiente y creando a menudo una imagen bellísima que encaja a la perfección con la sonrisa que vendrá un minuto después. Y de vez en cuando, alguna canción, lo que le confiere al espectáculo un punto de cabaré o café-teatro que le va a las mil maravillas al montaje. Déjense llevar por este par de liantes de la palabra. Lo pasarán bien y, encima, descubrirán un par de verdades sobre su propia madre.

 

Otra vez Los Modernos. 08/04/06 Guía Del Ocio. (Barcelona.) Gonzalo Pérez de Oleguer.

 

Nadie hace lo que Paiva y Orlando consiguen sobre el escenario: un espectáculo sorprendente y de ritmo endiablado. Vuelven a estar aquí: Pedro Paiva y Alejandro Orlando: Los Modernos, una de la invitaciones a la comicidad inteligente, a la originalidad y a la rigurosidad profesional. La armaron hace tres temporadas con Breve desconcierto breve, con más de mil funciones por España y repetirán el éxito con su nueva propuesta: Un antes y un después. Paiva y Orlando ofrecen un espectáculo sorprendente, de manera especial para los espectadores que nunca le hayan visto sobre un escenario. De entrada, un consejo: no se lo pierdan. El show de Los Modernos se sustenta en juegos de palabras, en un ritmo frenético, en una sorprendente compenetración entre los dos actores y en el profundo desconcierto que provocan en el público. Desde que aparecen en escena, Paiva y Orlando deconstruyen las palabras a un ritmo vertiginoso y las lían de mala manera. Hay mucha más información de la que parece, pero es la velocidad endiablada que alcanzan los diálogos y la originalidad de los códigos utilizados por los dos intérpretes, lo que hace que el espectáculo queda en una hora y cuarto. Paiva y Orlando hablan de Jesús y la era post cristiana, de los fumadores, de la infidelidad, del tiempo y tocan algunas crestas bien definidas: el bolero que cantan, el tema del flamenco y la relación de la Caperucita Roja con el idioma catalán. Los espectadores se lo pasan en grande. Es cierto que por lo general te pierdes en el laberinto por el que circulan las historias que se explican; te abandonas irremisiblemente al sonido de las palabras y sus diferentes combinaciones y al juego dialéctico a que te invitan los actores. Porque lo que hacen es difícil y mantener el ritmo y la idea del montaje está reservado a dos virtuosos. Un antes y un después derrocha una gran frescura y consigue en más de un momento engañar al público: el absurdo acaba no siéndolo tanto. Los Modernos tienen un código propio y lo exprimen con inteligencia. Merecen sobradamente ser recomendados. Nadie hace lo que ellos hacen.

 

Mil noches de modernidad. 16/04/06 ABC (Barcelona.) Sergi Doria.

 

Desde que desembarcaron hace tres años en el Teatreneu con “Breve desconcierto Breve”, Los Modernos no se han ido de Barcelona. De hecho no estuvieron aquí unos meses, se pasaron por Madrid, pero su humor habitó entre nosotros. Deudores de los juegos freudianos que nutrieron tanto psicoanálisis porteño, barajadores de cronopios y famas, juguetones del sofisma, el jugoso verbo hecho carne (asada) del uruguayo y el argentino -dos atorrantes finos- sigue articulando el lenguaje de la risa, ahora en el Guasch Teatre con “Un antes y un después”. Paiva y Orlando alcanzan una infalibilidad escénica donde la reiteración no es pecado: nos vuelven a contar el cuento  de Caperucita Roja en su peculiar esperanto como si el Doctor Zamenhof fuera Perrault y nosotros unos niños que no se cansan de oír el mismo relato una y mil veces.Mil noches llevan estos “dos masculinos con faldas, una pelambre y una calva”, practicando su humor cordobés. Con esta nueva entrega, compuesta por un sesenta por ciento de material nuevo y un cuarenta por ciento de lo que ya son sus “greatest hits”, llegarán al solsticio de junio; retornarán a Buenos Aires donde darán por concluida tan fértil relación porque, como no se cansan de repetir, todo lo que tiene un principio contiene un final.
Para quienes disfrutamos su “Breve desconcierto breve”, revisar el teatro de texto de Los Modernos sigue suscitando el placer del lenguaje y la admiración por la aplicación lúdica de significados y significantes, con una dicción musical y gestualmente efectiva. Entre los nuevos ingredientes, destacar el gag del cuadro flamenco y recorrer con placer ese paseo por el amor y la muerte, salpicado por el odio a los libros de autoayuda, el tabaquismo, el nacimiento, o esa problemática conjunción entre el gen y la ética que es la genética, amenizada con la canción del “gen bajón” como causante de la depresión. Palabras cruzadas para tejer la vida: palabras inquietantes como “Kafka” o “sexo”, palabras agudas como “corazón” y graves como “infarto”. El uruguayo y el argentino nos han brindado mil noches hilarantes y un minuto de silencio por la paz. Entre el silencio y la palabra, de nuevo, como un torrente, recitando con precisión mozartiana a Lorca, Baudelaire y Queneau: Paiva y Orlando. Los Modernos, tal vez los únicos modernos dignos de ese nombre.

 

Actores de puente aéreo. 06/12/04 Cambio 16 (Madrid.) Paula Corroto.

 

Hoy en día, entre Madrid y Barcelona hay más de 120 obras en cartel; sin embargo, los actores se quejan del escaso intercambio de representaciones entre ambas ciudades. La siguiente afirmación nadie la pone en duda: Madrid y Barcelona son dos ciudades con importante vida cultural. Así lo demuestra su gran cartelera cinematográfica, sus museos de pintura, sus exposiciones fotográficas, sus salas de concierto, sus cafés donde disertan los poetas, los Cuentacuentos y los cantautores, sus bares y restaurantes de último diseño en zonas como ese Rabal restaurado o ese Chueca reconvertido en sanctasanctórum del modernísimo mundo gay. En todo este enjambre destacan también los teatros: en el lado fino, el madrileño Real y el Liceu barcelonés; en el de las superproducciones, los esparcidos por La Gran Vía o Las Ramblas; y en el alternativo, los múltiples espacios que pululan por los barrios más castizos de ambas ciudades. Y por obras que no queden, porque según revistas como la digital La Netro, a día de hoy, en la capital hay más de 70 representaciones de todo tipo en cartel y la Ciudad Condal no se queda atrás al superar las 40. En fin, en Madrid y Barcelona habemus tremenda cultura teatral. Ahora bien, ¿Por qué existiendo tantas obras en cada una de las ciudades hay tan poco intercambio? Es decir, ¿por qué entre Madrid y Barcelona apenas funciona el puente aéreo cultural? Es más, ¿por qué suele ir peor la dirección Madrid- Barcelona? Porque si se observan los datos, hoy por hoy en Barcelona sólo hay cuatro producciones que estuvieron en Madrid el año pasado. Teniendo en cuenta esa paradoja, CAMBIO 16 ha querido preguntar sobre las dificultades de tomar ese puente aéreo. Y las conclusiones parecen ser del mismo calado: hay un problema idiomático. De nuevo aparece la polémica entre el castellano y el catalán. Porque desde luego, no es un problema de público… Y es que la cuestión no es entrar en los tópicos de siempre- que si Madrid es más acogedor o Barcelona más intelectual, etc.- sino mostrar el virus que provoca que muchas de las obras que se hacen en Madrid no puedan verse en Barcelona, un virus que por otra parte, no es más que una política cultural hecha con criterios muy distintos a los puramente culturales… De las 40 obras en cartel en Barcelona, menos de 10 son en castellano… Una excepción bien notable es la de los actores Pedro Paiva y Alejandro Orlando -Los Modernos- quienes hace un año llenaron cada día la sala del Teatreneu de Barcelona con su “Breve desconcierto breve”, y ahora intentan hacer lo mismo con el teatro Lara de Madrid. Es un texto con puro voseo argentino, pero eso no fue óbice para que el público barcelonés acabara sucumbiendo a sus encantos, algo que poco a poco les está ocurriendo a los madrileños. Se puede y debe haber un intercambio cultural. Y es que, con toda la cultura que se mueve entre la capital y la ciudad Condal, la política debería quedar al margen. Precisamente, este éxito de Los Modernos confirma que es posible triunfar en castellano en Cataluña.

 

Creacionismo escénico. 00/11/04 ABC (Madrid.) Almudena Guzmán.

 

Un actor uruguayo, Pedro Paiva, y otro argentino, Alejandro Orlando, son Los Modernos, un dúo del que solo sabíamos que había obtenido un gran éxito en Barcelona durante la pasada temporada con este “Breve desconcierto breve” que, desde luego bien se merece los “llenos” de taquilla y los elogios en la Ciudad Condal. No resulta sencillo explicar qué es o en qué consiste “Breve desconcierto breve”, entre otras cosas porque, aunque no se trata en absoluto de un espectáculo de suspense, la sorpresa juega en él un importante papel y no vamos a ser tan desconsiderados como para marchitarla con nuestros comentarios, pero sí diremos que lo que hacen Pedro Paiva y Alejandro Orlando es una especie de “creacionismo” escénico, un original y brillante ejercicio de generación de un mundo propio y autónomo que se va alimentando a sí mismo y que moviliza desde el primer momento el pensamiento y los sentidos del espectador. Pasando por su peculiar filtro de codificación, descodificación y asociación verbal, recursos tan variados como los de los Cuentacuentos, los pregoneros y el cabaré, y siempre con un humor inteligente y desbordante, que también remite a fuentes tan variadas como el naif, el surrealismo, los trabalenguas y los juegos “malabares” con la forma y el contenido de las palabras, Los Modernos consiguen el milagro de crear en poco más de una hora sobre el escenario del Lara, el delicioso jardín de su “Breve desconcierto breve” y que los espectadores, además de su génesis, asistamos encantados a su sucesivo florecimiento.

 

Lo bueno si breve… 15/07/04 Revista Culturalia. (Madrid.)

 

Con el premio a la compañía revelación del X Festival Internacional de Humor de Madrid bajo el brazo, Los Modernos viajaron hasta la ciudad Condal. Se instalaron en el Teatreneu el 4 de agosto de 2003. a partir de esa fecha el boca- oído y su particular forma de hacer humor marcaron su arte permaneciendo en cartel un año largo. Pedro Paiva y Alejandro Orlando poseen una solvencia artística considerable, no en vano han llegado a nuestro país con un gran éxito de crítica y de público y una trayectoria profesional en sus respectivos países (Argentina y Uruguay)
Breve desconcierto breve posee la elegancia de la sobriedad, la sencillez de la palabra y el buen gusto del dominio de una técnica que diluye su presencia a favor de una naturalidad espontánea, original y cotidiana. Eso sí, el adjetivo “sencillo” lo escribimos entre comillas porque esa absoluta coordinación, esa complicidad en la palabra y en el gesto, a la hora de ejecutar una partitura perfecta, es fruto de largas horas de ensayo y de un arduo trabajo.
Los Modernos desarrollan un humor artesano diferente y con la casi inevitable alusión a una mujer que hace posible la explicación gráfica de “breves infidelidades breves”. Los Modernos juegan con la palabra (la pala que labra). La descomponen, la reinventan, la maquillan, la recrean, la renuevan. Son capaces de sorprender a un público reticente ante un humor repetitivo, manido y vulgar. Son capaces de devolver la esperanza, de abrir la puerta a la sonrisa por la ingeniosidad de un texto y por el buen e inteligente uso de la palabra. En un mundo de estereotipos, de fotocopias arrugadas y en blanco y negro, de imitadores safios, de prejuicios insultantes, es bueno, increíblemente bueno, descubrir “otra cosa”: la posibilidad, la realidad, por mejor decir, de un buen texto, ingenioso, ágil, trabajado y bien dicho. Más allá de dos señores con faldas, gafas de sol y sendos pedruscos a modo  de anillos, hay dos humoristas profesionales e inteligentes. Un espectáculo de calidad y absolutamente recomendable.

Humor con neuronas. 00/07/04 Shanguide (Madrid.) Macu Benetti.

 

Si es verdad que no hay mayor garantía de éxito que el entusiasmado boca a boca, Los Modernos tienen asegurado el triunfo a su llegada al Teatro Lara de Madrid. No hay más que preguntar a quienes les han visto o leer comentarios y críticas de prensa y público, para saber que “Breve desconcierto breve” es uno de esos espectáculos que no te puedes perder al  menos sin arrepentirte luego durante un tiempo. ¿La razón? No es nada común que el humor de nuestras salas rompa moldes con semejante derroche de creatividad e inteligencia.
Pedro Paiva, Uruguay y Alejandro Orlando, Argentina, llegaron a España desde el otro lado del Atlántico, tras formar su compañía en Córdoba Argentina y recibir allí varios importantes premios. Tomaron con naturalidad el Teatreneu de Barcelona en agosto de 2003 y desde entonces no han parado de encandilar a todo aquel que se sentó frente a ellos en una butaca de teatro. Tras una temporada en la Ciudad Condal, su visita fugaz a la capital dentro del festival de Humor del Alfil y algunos meses de gira en continente natal, llegan para quedarse en Madrid sumando y sumando seguidores. Dos hombres, un escenario vacío y la palabra, son la estructura de un espectáculo que tiene, como pocos, la virtud de despertar neuronas por puro ejercicio de utilizarlas. Siguiendo un estilo muy propio de aquellas tierras, donde el lenguaje no es solo vehículo de comunicación, sino también de ingenioso juego, Los Modernos se plantan es escena con una infinita red de palabras, la despliegan a ritmo vertiginoso, atrapando al público en un inmenso y desglosado muestrario de conocimiento y memoria casi mayoritaria. Así saltan del cuento de Caperucita Roja, a Freud, pasando por las primeras (y más que claves) lecciones de gramática, la creación del mundo, la invención del teléfono, el amor, la infidelidad, los números y, cómo no, el tiempo. Tropel de palabras desde esa visión tan propia de sus orígenes, Córdoba, donde se transita la vida con un sentido del humor tan constante como indispensable. Es con ese particular humor que Los Modernos llevan hora y media de espectáculo sin lugar para el aburrimiento, subiendo y bajando escaleras mentales, arrastrando sin treguas a un público que no deja de reír mientras piensa (Sí, piensa, porque si algo además de la risa Los Modernos logran es, ejercitar el pensamiento). Un espectáculo que no ha contado con más colaboraciones que su propia creatividad, siendo Pedro Paiva el autor de los textos y ambos los creadores del vestuario y la puesta en escena. Elegantes en la forma, ingeniosos en el lenguaje, acertadamente originales en el vestuario, audaces en el ritmo y constantes en la atención provocada en el espectador, Los Modernos juegan con el sentido y el significado obvio o escondido del lenguaje. Para el deleite de todos, Los Modernos ya están en Madrid.

 

Tsunami verbal. 21/08/05 Artez – El Portal de las Artes Escénicas. (País Vasco.) Carlos Gil.

 

Este dúo formado por el uruguayo Pedro Paiva y el argentino Alejandro Orlando aparecen en escena con el único soporte de un atril, unas luces que no varían de principio a fin, unos segundos de banda musical para su entrada y salida,  su extraordinaria capacidad casi paranormal para hablar, para hacer de la comunicación oral un festín. Un juego imparable, infinito, con las palabras y sus significados, una verborrea que se activa conforme las mismas palabras son manipuladas actoralmente por el ritmo, la cadencia, la desorganización, el reordenamiento de las frases o las sílabas. Letras, sílabas, palabras, frases, conceptos, ideas, contradicciones, luz sobre el verbo. Vestidos elegantemente, con anillos de bisutería, camisa con chorreras, faldas, zuecos y medias negras, es su forma, la manera en las que las palabras van saliendo, se van amontonando, se van desnudando y volviendo a vestir con otros ropajes, es decir, con otros sentidos, con otros mensajes, lo que da a estos desconcertantes artistas de gran técnica interpretativa una singularidad que escapa a las definiciones. Una orgía oral. Nos faltan las palabras. Nos sobran los vítores y aplausos.

 

Una crítica que critica al crítico. 23/05/05 Noticias de La Rioja. José María Lander.

 

¿Qué fue primero la crítica o el crítico? Porque si el crítico fue primero que la crítica, no habría escrito crítica, que es tan desagradecida, tan denostada, habría escrito no crítica, habría escrito odas, como parece lo natural en una persona de sensibilidad, pero si fue primero la crítica que el crítico, quien escribió la crítica, si todavía no había críticos que criticasen lo criticable? Es un tema bastante serio. Imaginen que, después de expulsar a Adán y Eva del paraíso, la primera obra de teatro que escribió la pareja para desahogar su rabia fuese Breve desconcierto breve, díganme ¿qué crítico pudo haber criticado esa obra cuando todavía no existía la crítica? Lo que nos lleva a una cuestión aún más grave. ¿Pudo ser la serpiente el primer crítico de la historia del teatro? Y si fue la serpiente, ¿será por eso que los críticos tenemos una lengua tan viperina? Claro que ustedes me dirán con toda la razón que les da igual que yo sea un crítico o un reptil con tal de que yo critique la obra de marras y no me vaya por las ramas, pero, qué crítico no se va por las ramas, sobre todo, cuando sabe que su crítica la puede leer otro crítico, que a su vez, la critique? Y, les aseguro, la crítica de un crítico a una crítica es la re crítica. Porque el crítico, ya que tanto critica, lo menos que le puede molestar es ser criticado, porque si no es criticado sería Dios, y eso sí que no, el crítico puede ser cualquier cosa, puede ser bombero, puede ser guardia civil, puede ser lo que lé de la gana menos Dios, porque a Dios, es cosa sabida, lo dicen los catecismos, nadie lo critica. Aunque si pensamos bien el asunto, si tenemos en cuenta que Dios fue lo primero un gran creador, un creador de la palabra, lo normal es que después de crear todo lo visible y lo invisible se pusiese a juzgar su obra, que dijese “este verbo me gusta”, “este adverbio me disgusta”, vamos, que Dios, en su fuero interno, en su naturaleza más recóndita, lo que llevaba y lo que lleva escondido es un gran crítico de teatro. Y si Dios, como es probable, fuese y es un consumado crítico de teatro, ¿a quién criticaría?, ¿a Las nubes de Aristófanes, o se atrevería a bajar de esas alturas celestiales para criticar un café teatro como el de Breve desconcierto breve? ¿Qué clase de crítica, entonces, escribiría Dios? ¿Una crítica humilde que tuviese en cuenta el principio de incertidumbre? ¿Una crítica normal como la de tantos críticos mortales? No lo creo, si hacemos caso de la teología que reconoce que Dios es infalible, su crítica habría de ser inmortal, es decir, inapelable, exacta, iluminadora, lo cual no estaría mal, ya que no sería este mar de dudas, que son todas las críticas de todos los críticos del mundo. Porque por mucho que los críticos nos disfracemos con el antifaz sesudo de críticos y demos la impresión de no equivocarnos nunca, les aseguro que los críticos, cuando son buenos críticos, lo que desean es no ser críticos, pero deben entender que si no fuésemos críticos no cobraríamos por las críticas, no entraríamos al teatro por la patilla, no veríamos espectáculos tan inteligentes como el de Los Modernos.
Miren, me parece que ya he hablado demasiado. Esto me pasa por ver estos montajes que juegan tanto con el lenguaje, que parece que no dicen nada y dicen mucho. Yo me dejo llevar fácilmente por este verbo fluido de los latinoamericanos y empiezo a delirar con ellos. Conmigo lo han conseguido este uruguayo y este argentino tan talentosos. No se lo pierdan si salen por la tele. Nabokov, que tanto valoraba los juegos de palabra, hubiese estado muy orgulloso de ellos. A mí me han desconcertado, vamos, que me han desconcertado.

 

Vayan al Circo, vayan a ver a Los Modernos. Articuista de Diari de Tarragona. Enric Pujol.

 

‘Los Modernos’, Alejandro Orlando y Pedro Paiva, uruguayo y argentino, sintetizan la belleza y la magia del Circo de siempre. Ellos son malabaristas de la palabra, domadores del lenguaje, equilibristas de las ideas, contorsionistas de los pensamientos razonados, ilusionistas del doble sentido, acróbatas de silogismos envenenados, trapecistas de frases hechas y deshechas lanzadas sin red,  saltimbanquis que desarrollan el cambio de letra en vez de la letra de cambio. En un mundo descerebrado, ellos interpretan el papel de ‘payasos’ –que oficio más hermoso, y qué difícil- de cerebro centrifugado y absorbente. Una recomendación si alguna vez en cualquier ciudad de habla hispana ustedes ven algún afiche con dos individuos con rostro serio y preocupado, y con faldas y zapatos de tacón, pospónganlo todo, cancelen la cena con los cuñados, dejen a los niños con la suegra, digan a su jefe que tienen jaqueca, y vayan corriendo a sacar una localidad para verles. Es una sesión de circo oral, no mal interpreten, con una catarata de impactos que nuestras neuronas acaban por decir: ¡Más, no por favor¡ ¡Déjennos reposar!‘Los Modernos’ es un espectáculo punto y aparte, aunque quienes gozamos con ellos preferimos que sea un, punto y seguido.

 

Psicólogos Modernos. Profesor de URV. Jaume Descarrega.

 

Hace unos años tuve la suerte de ver “Lo mejor”, el anterior espectáculo que Los Modernos realizaron en la sala El Magatzem de Tarragona y me lo pasé de fábula. Al ver en la cartelera de un diario que volvían con su nuevo espectáculo, “Fo”, supe que no me los iba a perder y cuando terminó la función, no me lo podía creer. Es tan difícil lo que hacen y es aún más difícil, como logran a puro teatro mantener la carcajada constante en el espectador a lo largo de toda la representación. Los que no pudieron asistir, se perdieron desde un relato con un lenguaje inventado, el cuento de Blancanieves, hasta una versión adaptada del mito de Edipo y un largo paseo por una gran cantidad de temas que ambos componentes regaron con un recital de canciones llenas de un humor realmente divertido. La capacidad asociativa del espectáculo, rayando la fuga de ideas, imprimió un ritmo trepidante a la función con una interpretación en la que ambos actores combinaban pequeños monólogos con  frecuentes dúos y diálogos que consiguieron obtener la complicidad de todos los presentes. La cultura necesita del humor y si viene de la mano de los Modernos podemos estar seguros de que el éxito está garantizado. A mis alumnos de la facultad de Psicología cuando me preguntan que hay que hacer para ser un buen psicólogo clínico les respondo: “entre otras muchas cosas, tenéis que leer novelas, ir al cine, a la opera y al teatro a ver a Los Modernos…” Qué pena no haberles podido avisar a tiempo, de momento se perdieron un espectáculo FO (rmidable).

 

Los modernos